Ojos de graves mieles. ¿Dónde, aquéllos? Del mirar entrañable, la sosegada límpida corriente; claridad de remansos en una como música de luces.
Tras rebozos de ausencia -cáliz de temblorosa orquídea breve, ronco tallo de azúcar- la voz leve, entre los escorpiones del olvido.
La piel de musgo tibio, desnudada; el abrazo que eterno se creía; los cabellos de cálido azabache... ¿qué son, sino distancia acrecentada? ¿Qué, sino mengua, herida y agonía?
Vana noche sin faros, buque ciego. De hundimiento y quebranto, dilatadas mareas advirtieron.
Soledades, silencio. Nada resulta ser como quisimos; ni siquiera nosotros, caricatura de inservibles ansias.
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