VIDRIERA
Cada día es espejo de otros días
pasados y futuros.
Reflejos
fugaces y penumbras.
Losanges de colores: azul, rojo, amarillo...
entre gruesas oblicuas líneas negras;
tintando
deslucidas baldosas,
tintando
la mano que tendíamos a su tenue substancia;
débil mano de niño
rasgueando la luz,
envuelta en espectrales gránulos danzarines
dorados
cual humo de topacios.
En vano
era el intento, en vano las manos extendidas hacia el oro, hacia el fuego.
Intocables. Apenas
destellos
sobre la piel, barnices coloridos. Azul, rojo, amarillo...
disfraces.
Nosotros
en silencio; fisgones, acechando
secretas predicciones, indicios, testimonios...
señales
de alguna incuestionable correspondencia mágica.
¿Favorable o adversa? Inquietudes
como de hojas que caen en otoño,
o un agua que no puede estarse quieta y rueda, corre, brinca
traviesa
buscando cauces sobre musgo y piedras oscuras.
Y nuestra vida toda era un estruendo quieto.
Atentos. Esperando. ¿Qué prodigios?
Saeta preparada
al vértigo letal de la distancia,
al empellón del arco, al temblor del arquero;
vela que ansía el viento. Y el viento que no llega.
Ventanas.
Deliciosas y fútiles las horas,
y afuera, madreselvas; caricias de la brisa;
blanco aroma de flores; sonrosados
vapores marineros en apacible cielo.
Resoles.
El tiempo todavía era un amable juego.
Pequeñas criaturas bulliciosas:
gorriones,
acróbatas tensando con su emplumado peso
un cable del tendido
eléctrico.
Chillidos.
Hurgadores ojillos avistando
la vida del gusano.
Y nosotros
con qué expresión tan grave, en aquel mirador alucinante,
absortos
ante el cerrado enigma de las cosas
y, al tiempo,
completamente ciegos a su esencia.
A través de nosotros fluían universos a modo
de dispersas sustancias inadvertidas, densas de soledad y tiempo.
Pero no lo sabíamos.
Callados observando. ¿Para dilucidar cuáles arcanos,
qué incomprensibles signos, qué presagios?
Atentos,
espiando a las pardas figuras de las aves,
al gusano en su fuga
inútil
bajo jugosos mástiles de hierba,
a la nube alabeada que se extiende y afina somnolienta,
al sol de la mañana de joven primavera,
demandándoles… ¿qué?
sol tibio.
Rojo, azul, amarillo: la hermosura del mundo…
vida entera sumida en la pupila
hecha interrogaciones,
aguardos y deseos.
Nunca trajo respuestas el aire jaranero.
Llegó lo no esperado, flecha ciega.
No hay comentarios:
Publicar un comentario