Me ha parecido necesario regresar a este blog para modificar una entrada muy antigua, que deseo presentar nuevamente bajo un nuevo aspecto.
Es noche. Voz, ninguna.
Bill Evans
desgrana para mí su queja lenta.
Y el timbre, que no suena.
Lloviznas
finísimas. Aceras
heladas
y gentes, coches, gentes, siempre gentes,
reflejos huidizos,
inestables, pasando,
pasando.
Y el timbre, que no suena.
Áspera noche ajena
pasando. Pero algo
oscuro,
tan oscuro, tan árido, tan solo
aunque mío, pasando
en mí, por mí, conmigo,
para siempre conmigo…
Pero ningún sentido.
Ninguno.
Pues el timbre no suena.
No hay comentarios:
Publicar un comentario