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lunes, 25 de febrero de 2013

ARENA DE LOS DIAS

       Una vez más deseo invitar a mi paciente aunque hipotético lector, a viajar en el espacio y el tiempo para un nuevo encuentro con los Pargiter, y concretamente con Eleanor que, muy tarde en la noche durante la fiesta veraniega del clan, a la que ya hemos asistido, rememora ensimismada su pasado. Sally le ha dicho que ella y North han estado hablando de su vida.

       «Mi vida, se dijo Eleanor. En realidad no tengo vida propia. ¿La vida no debiera ser algo que uno pudiera producir y dominar? Una vida de más de setenta años. Pero yo sólo tengo el momento presente. Ahora, allí estaba, viva, escuchando un fox-trot.»

       Más de setenta son muchos años, sí. Imposible evocarlos todos; la memoria bucea, escarba, atrapa imágenes, añicos de conversaciones o lecturas, el vislumbre de remotos escenarios... fotogramas. Pero casi siempre hay algo que se escapa, se extravía o se deforma; aunque también, en ocasiones, estalla nítidamente como un fuego de artificio y cuaja en una dulce y cálida remembranza apenas velada por el paso del tiempo.

       Solamente tenemos el presente. Parece resonar aquí un eco de Borges: «Tu materia es el tiempo. Eres cada solitario instante.» Instantes que se asemejan a ligeras pompas iridiscentes, efímeras y bellas. Ascienden refulgiendo, giran mecidas por el aire manso y desaparecen con un suavísimo estallido. Una tras otra y otra, en una danza sutil que ya tiene establecido su rítmico implacable final. Nuestro soplo configura su pulcra redondez. ¿Basta esto para poder afirmar que, como querría Eleanor, la dominamos?

       No un dominio completo ni permanente, en todo caso, pues no es posible ignorar que muchas jornadas -o períodos enteros- pasan sin dejar huella, malgastados. Con harta frecuencia nos comportamos irresponsablemente frente a nuestro caudal de días, mermante pese a que nos parezca tan inmenso, eterno, como las arenas del desierto. Arrojamos a lo alto puñados de granitos brillantes y decimos al viento que pasa y no vuelve: «¡Llévatelos! Esto no es lo que yo esperaba. No lo quiero.» Y el aire sopla y vuela, sopla y lleva, mientras la arena se arremolina, resbalando en desbandada, perdida. ¿Podemos realmente decir que ya no incurrimos en tales errores, aún viendo las dunas abreviarse deprisa, poblándose de oquedades sombrías?

       Pero nos hemos apartado de Eleanor, que mientras escucha el fox-trot, plenamente consciente del largo camino que su existencia ha recorrido, se entrega a sus recuerdos. «Realmente era una parte de sí misma hundida que volvía a la superficie.» «Quizás haya un «yo» en el centro de esa vida, pensó; un nudo, un centro.» También North está pensando en ese centro: «La sabrosa nuez. El fruto, la fuente que todos llevamos dentro; por lo tanto ¿a santo de qué ponernos un caparazón encima?» Aunque él mismo llega a una respuesta, que ya mencionamos en nuestro acercamiento anterior, cuando lo conocimos: «Cada uno de nosotros teme a los demás. Pero ¿de qué tenemos miedo? De las críticas, de las risas.»

       Un núcleo escondido, secreto, auténtico; y alrededor el caparazón, muralla protectora... disfraz. Porque aquel fruto, aunque fijo, definitivo, completo, es también vulnerable y puede resultar frágil. Tememos exponerlo a miradas indiscretas, especialmente si una endeble autoimagen nos lleva a dar por ciertos los mil fallos y fealdades que nuestra amedrentada imaginación nos presenta. Entonces, sintiéndonos en falta, menoscabados ante nuestros propios ojos y recelando de posibles censuras, intentamos defendernos aplicando subterfugios, cosméticos que sustituyan aquello que nos parece disforme, por una ficción igualmente dolorosa pero aceptable, «bonita». Ya no el «método Manrique» que otras veces he mencionado, sino el «vestir al desnudo» pirandelliano: cubrir nuestra desnudez con una ropa admisible, digna, aunque sea mentida. ¿Existe una falsedad mayor, más inútil? Por miedo. Creamos así una actitud, una conducta, que acaba anquilosándose y ya no podemos librarnos de ella.

       Yo y el Otro... difíciles componentes de una muy compleja ecuación. Somos como una nave que intenta deslizarse entre bajíos y arrecifes en medio de una mar desconocida y encrespada, fijando el rumbo con rudimentarios instrumentos, y un piloto cuya única escuela es la propia experiencia. A merced de corrientes y mareas, siempre amenazados por inminentes zozobras. Y el miedo.

       En pleamares piensa también North cuando expresa un anhelo que todos hemos hecho nuestro alguna vez: el de tener «una vida que siga el ejemplo del cohete, de la fuente, de la fuente que salta con fuerza; otra vida, una vida diferente» y luego «avanzar, ser la burbuja y la corriente -yo y el mundo juntos-» (Una vida distinta, una vida otra. De nuevo el mismo inoperante deseo, siempre a la espera de que llegue -no sabemos de dónde- la soñada maravilla. Variante, tal vez, del suplicio de Tántalo: rodeados de múltiples dones que insistimos en desechar, nos agostamos tendiendo las manos a inasibles goces virtuales.) Yo y el mundo: la constante danza de globitos multicolores formando una unidad con el aire que los transporta; navío y marea uniendo sus energías para el avance hacia una presentida serena ensenada... aunque de inmediato North contrapone a este deseo aquella endeble autoimagen: «¿Cómo puedo hacerlo, yo, si no sé qué es lo sólido, qué es verdad en mi vida, en la vida de los demás.»

       ¿Solidez? ¿Verdad? Oh, lo «verdadero» Pongamos a veinte personas ante una misma «verdad» y obtendremos veinte versiones diferenciadas, todas disputándose ser la única correcta. ¿Hay realmente algo que sea una verdad objetiva? No podemos estar seguros más que de nuestra propia existencia. Y en eso reflexiona Eleanor cuando ya la fiesta de los Pargiter se acerca a su fin. «Nada sabemos. Sólo comenzamos a comprender, ahora esto, ahora aquello.» (Comprender por lo menos el mundo en cuyo entorno nos creamos con esfuerzo. Pero sólo logramos ver porciones, esquirlas; el todo se nos escapa, apenas contorno vago, imprecisa señal adivinada tras un cristal oscuro. Únicamente arañamos superficies, rozamos la cerrada corteza. ¡Cuán extraños parecemos a veces ante nuestros propios ojos! ¿Cómo, pues, pretender asomarnos a la incógnita de los otros?) «Forzosamente ha de haber otra vida, aquí y ahora, pensó. Esto es excesivamente breve, excesivamente fragmentado.» Y después, formando un hueco entre sus manos: «Quería encerrar en ellas el momento presente; retenerlo; llenarlo más y más con el pasado, con el presente, con el futuro, hasta dejarlo esplendente, íntegro, con profunda comprensión.» Colmar el huidizo aquí-y-ahora, enriquecerlo, pulirlo, y que nuestro ayer más remoto y el incierto mañana  -la vida vivida y la imaginada, la ruta que un día escogiéramos y la que descartamos- se unan en él profundamente imbricadas, fusionadas, complementarias, formando un todo multiforme y único. También es así como, a través del reiterado exorcismo de estas páginas, yo y todos mis yo-otros -esos que en mí alientan empecinados, anhelando o fantaseando, en pugna siempre por surgir y tomar la palabra- llegamos a ser uno solo y el mismo.

       Y tendiendo ambas manos a Morris, Eleanor repitió:
       -¿Y ahora...?

viernes, 6 de julio de 2012

LAS SILABAS DEL TIEMPO

Castillo de Dunsinane; almenas de piedra rezumando humedad, bajo un frío cielo agitado del que cuelgan racimos de nubes plomizas. Suenan ayes lastimeros, gritos femeniles, llantos. Seyton anuncia que la reina ha muerto. Macbeth permanece un instante en silencio; luego sacude la cabeza en un gesto de aceptación, ni resignada ni doliente, y habla despacio, ronco de fatiga y hartazgo. “Debió morir más adelante; habría llegado el momento para tal palabra: mañana y mañana y mañana, avanza a ese breve paso, día tras día, hasta la última sílaba del tiempo prescrito.” Cortos tal vez los pasos, mas no el ritmo implacable con que se suceden. Ayer, opacas albas invernales levantaban complicadas estructuras de hielo, en los pastos altos del borde de los campos. Hoy, trigales ondulantes propagan un incendio de amapolas. Mañana estallarán los soles sofocantes calcinando caminos. Vienen, se van, regresan el estío, la siega... y una vez, otra y otra, octubre tintorero sumerge en óxidos y azufre los álamos del pueblo silencioso.

Observo cada día en el espejo este rostro surcado por tantos calendarios. Y mi cabeza se cubrió de nieve. ¡Ah, con qué inadvertida diligencia! El reflejo muestra -de un modo que a veces me parece decididamente burlón- a ese hombre al que he tratado con tal intimidad durante tantos lustros (“¡Quince, quince!” -rie el otro inverso) que hasta me parece conocerlo. Aunque quizá sea nada más que ilusión. Como un actor que jamás abandonara por completo su personaje, conservando un atisbo de máscara, de disfraz: alimentándose del personaje y, a la vez, alimentándolo con su propio ser hasta una total compenetración. ¿Cuál de los dos en verdad es? Reflejos. Los otros ven de mí solamente un reflejo y me identifican con él. Sin embargo yo no soy eso. De ninguna manera lo soy. Y cuando digo yo, no siempre estoy refiriéndome a una misma identidad, sea personaje o actor. Digo yo, para expresarlo de algún modo.

Contemplo la imagen especular cubierta por un quebradizo barniz de años, y esa pátina, -que en parte es volátil “ahora” y en parte “ayer” engañosamente presente- transforma este momento único en una suma, acopio de infinitos instantes carcomidos, sedimentos de la memoria. Tan vasto pasado parece a veces inmediato, sencillo... benévolo. Pero zonas enteras están ya desleídas por penumbras neutras. ¿Qué parte fue buena aunque doliera? ¿Qué otra, laboriosamente construida, devino fracaso, pérdida... nulidad? No importa.

Mañana y mañana y mañana... todo mansamente transformándose en humo, rescoldos y ceniza. “¡Apágate, apágate, breve candela! La vida es sólo una sombra caminante, un mal actor que, durante su tiempo, se agita pavoneándose en la escena, y luego no se le oye más.” Al final, no quedará de nosotros ni siquiera el gastado recuerdo.

Se apagan los focos. Silencio. Cae el telón.

viernes, 4 de mayo de 2012

ACCIONES Y REACCIONES



Entre la idea y la realidad, entre los actos
y el gesto, cae la sombra.
T. S. Eliot


Atardece un día de verano de 1911. Eleanor Pargiter, de visita en casa de su hermano Morris -personajes de “Los años” de Virginia Wolf- se preocupa por él, observándolo durante la cena. Otro invitado -todo un “Sir”- cuenta anécdotas “con voz de trueno.” Alardea -piensa Eleanor- “y es natural pues ha hecho muchas cosas.” Morris en cambio -“calvo y flaco”- permanece callado. Se compara -cree ella- porque “no ha hecho carrera.” Y entonces duda si se equivocó al estimular su propósito de dedicase a la abogacía. Sea como sea -concluye- lo hecho, hecho está. Morris formó una familia y “tuvo que seguir adelante, tanto si le gustaba como si no.” Y esa ineludibilidad de la situación creada, la lleva a reflexionar: “Cuán irrevocables son las cosas. Hacemos nuestros experimentos y, luego, estos hacen los suyos.”

Experimentos. Tentativas, no siempre hechas de modo reflexivo. Unas salen bien, otras no. De niños, de adolescentes, estamos llenos de ilusiones respecto de nosotros mismos y nuestro futuro. Nos lanzamos de lleno en el camino elegido, con prisa por llegar al clamoroso éxito que seguramente -¡seguramente!- coronará nuestro empeño. Y sin embargo, luego... ¿Ah, qué ha sucedido? Acciones y reacciones: una cosa lleva a la otra e, inadvertidamente, se va tejiendo en torno nuestro una inflexible red de circunstancias, en la que un buen día nos vemos aprisionados, sin saber cómo hemos ido a parar allí. Entonces protestamos, desconcertados. “¡Pero... pero si no era esto.. para nada era esto lo que yo...!” Vía muerta y ya no se puede volver atrás.

¡Inefable distancia entre la aspiración y la vida! Parodiando a Eliot podríamos decir: “entre el proyecto y su ejecución, entre la fantasía y la praxis, entre lo apetecido y lo posible, cae la sombra.” Difícil porvenir. Porque tengamos presente que el hombre tropieza con la misma piedra, no sólo dos sino muchas veces, de modo que fallos hace tiempo perdidos en los recovecos del pasado, se actualizan, propagando en el presente múltiples ecos que se repiten hacia el futuro. Para colmos, el resultado de nuestros errores también afecta, en ocasiones, a otras personas. Esto, el daño hecho a inocentes, es lo peor.

Intentamos defendernos alegando aquello de “la intención es lo que realmente cuenta.” No obstante, las objeciones a esta vieja disculpa son incontables. Los mejores propósitos impulsaron el quehacer del Dr. Frankenstein... y ya conocemos el resultado. Lo no dicho por Mary Shelley es que los monstruos son muy tenaces, perviven, hacen jueguecitos entre ellos -tal vez por el mismo afán experimental del famoso doctor- procreando nuevos engendros que, ya autónomos, pueblan imparables nuestros sueños.

Miss Pargiter estaba en lo cierto: toda acción tiene algo de inapelable y fatal. Cae la sombra. Cae la sombra y el designio se tuerce irremediablemente, el efecto se adultera. ¿Y en qué clase de causa espuria se transformará a su vez tal efecto, deforme ab initio? ¿Qué serie de aberrantes acciones y reacciones llegarán a desencadenarse partiendo de un involuntario error o descuido?

Ah, no, no: el Destino debería contratar un buen Ministro de Obras Públicas, capaz de señalizar eficazmente cada ruta individual.