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viernes, 15 de febrero de 2013

SALAMANCA, SABADO

Apeñuscada noche sabatina. Corren y gritan críos en la acera. Se persiguen y gritan, tropiezan, caen, gritan. Tornan a perseguirse, brincando y gritando. Se detienen inquietos jadeando y gritan.

Tránsito de los otros: chirridos de frenos, parpadeo de luces, bisbiseo de neumáticos en órbitas de asfalto. La mano ensangrentada del semáforo los detiene y se hacinan, nerviosos; los motores trepidan, tosen, piafan, impacientes por rugir. Luego se desbocan calle abajo como flechas ávidas de diana, insectos trafagando: hormigas guerreras en tren de conquista, que estremecen antenas y zumban.

Risa masculina irrumpe por encima del torbellino, tensa escala inestable, copa que se destroza: cristales erizados rebotando en ecos presuntuosos, pequeñas virutas que se acaracolan y mueren quebrantadas por los metaloides ácidos del aire.

Súbita música -CHAAC-PUM, CHAAC-PUM, machacar psicodélico con vislumbres de sudor, excitación y encierro-, escapa por alguna ventanilla abierta y asciende en ondulaciones epilépticas, perdiéndose en la noche avara de estrellas. Portazos. Dos voces de mujer, agujas sinuosas que remedan un diálogo: unísonas, cada una ignora a la otra. Pesado rodar de camiones, seísmo en mis ventanas. Duro sincretismo de sonidos.


Echo las cortinas y el magma disonante se torna denso como aceite, una viscosidad plena de opacidades, saturada de burbujeos pastosos. Se infiltra a través del entramado de la tela, mosca de alas pringosas agitando infinitas antenas ásperas; cae sobre el suelo con un retumbo de obuses lejanos y troncos astillados, con insistencia ronca de pezuñas.

Nocherniega, la habitación se ensancha más allá de mí que escribo, más allá del recuerdo de mí escribiendo en la no-consciencia de otras noches. Se amplía propagándose a espacios liberados, mulli-dos fieltros del discurrir sin prisas, a la mirada sin pupilas hacia muy adentro, hacia aguas reposadas de limpidez sedante, que... Relámpago turbio: las voces de los niños, regresando. No, las niego. Insisto: nada más que cursos traslúcidos, aguas reposadas de limpidez sedante, espejeo de enhiestos nenúfares, raso de brisas frescas.

Salgo de mí mismo como de un traje en exceso ceñido, de lóbregas redes o exiguos contenedores áridos. Constelaciones virtuales rotan desenredándose. Serenidades crecen. La extensión interior se acalla en un abismarse de universos estáticos, de industriosas semillas en el surco.

Y misteriosamente, el alma de las cosas se desnuda. Fosforescencia, vapor del ser profundo develado, muestra intacta su esencia inconmovible. Entre fulguraciones fucsia de azaleas, veo.


Detrás de las retinas, una no-imagen nítida perdura.

CANDOR

       Tropiezos, desaciertos, carencias corrosivas, soledades, siembran el alma de huecos insaciables. Intentamos colmarlos, nutrirlos con el espejismo familiar y generoso -aunque espurio- de los sueños.
       Ingenuas esperanzas enarbolan entonces brillantes galerías de espectros con flotantes rostros leales... mas pronto se desgastan y derrumban las máscaras, y una marejada de pavorosas visiones nos señala, con desdeñosos gestos, nuestro necio candor. La ilusión es un camino equivocado que sólo engendra desengaños, frustración.

lunes, 4 de febrero de 2013

FOTOGRAMAS

     Hay en la vida momentos que parecen anteriores a cualquier existencia. O, más exactamente, por completo ajenos a ella, desvinculados, como si una inconmensurable nolición se hubiese posado -insecto letal de relucientes élitros negruzcos- sobre el endeble corazón de la noche. La hoz nacarada de la luna, zozobra, pez anestesiado, en el estanque vacío y sin orillas del firmamento.

     Lo familiar: voces, luces, atisbos de movimiento -trazas de todo lo que se agita y cambia- se retarda entonces, enronquecido por el vasto manto-mortaja que lo cubre apretadamente: funda de un relegado instrumento (orquesta de salón en interrumpido baile pueblerino), paño sobre la jaula para silenciar al pájaro. No-vida en cámara lenta; fotograma inmovilizado en la moviola del destino, sin un antes y un después que esclarezcan el gesto absurdamente petrificado; bala que se detiene antes del blanco, rebosante de impacto y velocidad, en un aire sin aire de lejanas arboledas cautivas. Nada sopla, y aquello predispuesto al sacudimiento lo olvida en un ensimismamiento de vértices curvados hacia el suelo.

     Así, el alma deviene paréntesis de sí misma, silencio con calderón en el que toda la orquesta se apaga y aguarda, atenta al no-dirigir de la batuta que flota en una amnesia de corcheas. Un núcleo profundo se ha desplomado y anida ahora en un indescifrable espacio sin salida. Del otro lado del espejo -allí donde la profundidad estalla en irisaciones planas- la imagen nos contempla, desigual por inversa, en una atmósfera que es solamente reflejo y velo, nada, humareda de cosas largamente quemadas.

     Esquizofrenia total de los sentidos.