Mostrando entradas con la etiqueta De: Reflexiones Apócrifas - Textos 1988/94 revisados en 2011.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta De: Reflexiones Apócrifas - Textos 1988/94 revisados en 2011.. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de febrero de 2013

JARDIN

El mundo interior es un jardín guardado por celosas tapias, con una única puerta que sólo puede abrirse desde dentro. Selva virgen inaccesible a toda mirada, creciendo con desordenada lujuria, sabedora de su impenetrable impunidad.

En los fondos, la parte más adelgazada de la memoria se extiende en abigarrados matorrales. Enredaderas escalan los añosos troncos, tendiendo ávidos vástagos. Aquí, allá, una pequeña pálida flor con rescoldos de fragancia. Malos recuerdos se yerguen  también, empinados en zarzales, mientras las dichas -frágiles, retraídas, pulcras- erigen exquisitas estructuras vibrátiles con transparentes hilos de cristal, pautando el verde jaspeado de las hojas.

Al extenuarse las tardes en vahídos violáceos, ínfimas lloviznas desmantelan geometrías que Euclides amaría, jugando al arcoiris en el silencio inmóvil.

Desengaños dilatan grandes cogollos rugosos, de abrupta, velluda piel marrón, semejantes a lascivas plantas carnívoras; sus inflorescencias sombrías hieden empecinadamente, susurrando ambigüe-dades. Ilusiones parásitas hunden garfios en los tallos más tiernos, que se estremecen llorando tibia savia límpida.

En umbríos rincones donde no llegan vientos, el viejo amor marchito levanta gigantes araucarias, contorsionadas encinas y robles imponentes. Gruesas lianas descienden de las más altas ramas, y recordaciones pueriles -otoños reiterados- diseminan tocas de hojarasca rojiza y diademas de musgo enardecido. En lo más húmedo y hondo y escondido, donde se entrelazan, obstinadas, las raíces, refulgen sobreviviendo capullos de esperanza.

Por todas partes surcan el aire nostalgias, ondulando desvaídas plumas amarillentas. De líricas gargantas caen, como latidos de nieve, trenos de tristeza, escarcha inacabable: "no más... no más... no más..." Resuenan ecos en las frondas, enfriando la fatiga de la atmósfera enclaustrada, furtiva, con oscilar de helechos fosforescentes. "No más... no más..." repiten multicolores colibríes de olvido, libando en tranquilas corolas. Y se perciben recogimientos súbitos, opalescencias de neblina que destila y cuaja, apenas adivinadas lejanías con altozanos de arena salobre.



Cuando ocasos distienden sus cálidos velámenes, amo vagar tras las crecidas vallas. Conoce bien mi pie la grava crujidora, la hierba que enarbola dedos temblorosos. Hay a veces un suave, melancólico aroma bajo aquellas penumbrosas enramadas. Evoca confituras de infancia, húmedos huertos, buñuelos de mi abuela; recuerda lluvias grises sobre cantos rodados, en una orilla sola, fría y norte.

Se demoran en éxtasis los sueños. Algarabía de remotas Navidades, cuando el mundo era sólido, entero... cuando estábamos todos. Entre las frescas ramas del abeto, tintineantes globitos frágiles coloridos, abarcan la eternidad en un destello.

Sonrío. Mi mano desmenuza y aparta neblinas. El estallido rojo del sol se posa en mis pupilas. Una mínima brisa viajera conduce revolando las ausencias; les doy la bienvenida. Crepúsculos anidan arrullando en mi alma. Letanía de grillos, murmullos. Las flores nocturnas entreabren cálices sedientos de luna. Se inclinan cadenciosas las ramas con reflejos de plata. Luego todo se adormece en la sedosa quietud nocturna, todo acalla sus ansias.

Y entonces dialogamos.



 

        



 

 

 

 

COMPUTO

Cuando cumplí los primeros cincuenta años, se me ocurrió realizar un cómputo detallado de tan empecidada supervivencia. "Medio siglo" resultaba abrumador, y al mismo tiempo con un matiz decepcionante; no dejaba de ser sólo una mitad, algo incompleto. "Cinco décadas"... mejor, pero aún muy modesto, una nimiedad con cierto aroma a infancia amplificada.

"Seiscientos meses", comenzaba a sonar impactante. ¡Más de dieciocho mil días! Al llegar ahí quedé sin aliento. ¡Vaya salto adelante! ¡Tremendo! Ya no aroma sino tufo, un rancio tufo a vinagre, como un encurtido.

Dieciocho mil días, con maravillosos amaneceres que pocas veces contemplé; con crepúsculos rojizos y noches abiertas al recuerdo -flor dulceamarga-, al gozo, la serena soledad... o la inercia.

Renuncié a calcular horas: no soy tan masoquista. Aquellos millares bastaron para entrever la vastedad de mi memoria, ciertamente mucho mayor que mi capacidad de evocación. Un espacio elástico, de contornos difusos, al que nunca podré asomarme en su totalidad. Ámbitos semicerrados, cavernosos, aislados y al mismo tiempo comunicantes; complejo entrecruzar de corredores penumbrosos, túneles. Túneles de Metro, sí, con multitud de estaciones en las que detenerse morosamente en los momentos de nostalgia o fatiga. O por las que pasar de largo, dejando burlados a los impacientes pasajeros: lo siento, amigos; este tren es expreso.

Innumerables estaciones, en todas las cuales seguramente recalé alguna vez para carga y descarga de ilusiones viajeras, evocaciones de hora punta. ¿Adónde van las que se apean? Tal vez aguarden otro tren... un conductor más experimentado; o se encaminen hacia otro túnel. ¡Hay tantos! O quizá salen a la calle y van a lo suyo. Las ilusiones están siempre muy atareadas, como azafatas de clase turística: todo el mundo las reclama y ellas deben correr de un lado a otro, atentas, serviciales, sonrientes. (Aunque, si uno las observa detenidamente, advertirá que su sonrisa es artificial, forzada, y su servicio tiene un trasfondo fraudulento.)

Conducir no es tarea fácil. Nuestro tren, tercermundista, es por completo manual; nada de com-putadoras que guien y controlen . Los ojos verdes o rojos que nos guiñan en la oscuridad de las vías, no siempre dicen la verdad, o no nos advierten a tiempo, y las posibilidades de fallo humano son muy elevadas. Al menor descuido podemos desembocar en una vía muerta, y entonces... vaya numerito nos montarán las ilusiones. Son muy quejosas y de genio vivo. ¿Y entonces? Volver atrás no siempre es factible. La vía muerta supondrá un estancamiento en la lobreguez, silencio de aguas estancadas con fermentos de olvido.

Pero volvamos al cómputo. Dieciocho mil noches para la evasión o el insomnio; para el cónclave de fantasmas y ausencias. Momentos germinales y soles abrasadores que todo marchitan. Vientos, lloviznas, cristales de nieve blanqueando el aire gris. Tranquilas nubes redondas y rosadas como mejillas de muchacha. Brisas leves, sedoso tremolar de abanicos laqueados. Y lunas. Y tormentas con súbitos, trepidantes látigos azules...

El escriba impasible observa y anota, registra lo vivido y lo soñado. Compila y almacena en archivos sombríos, en viejos cartapacios polvorientos rotulados con menuda letra negra. A veces se entremezclan y confunden los folios; lo meramente imaginado se traspapela, intercalado en lo real. No importa. Él asienta, calcula y mide con su ábaco de horas, analiza, interpreta.

Vibra el tren, pasando. En la negrura del túnel, un difuso resplandor señala la proximidad de otra estación. ¿Cuál?



1988

lunes, 4 de febrero de 2013

LO MIO


     Estoy  aquí, en  lo mío. En  esto diminuto, intrascendente, que  llamo "lo mío" como si  estas palabras fuesen  una  definición  clara, concluyente; como si  pudiesen  indicar  o sugerir  algo  concreto.  Estoy  en  lo mío  porque  soy  yo  (esto  último  me  parece  casi  indudable, dentro de  ciertos  límites),  y  por  tanto  no podría  estar  en  otra  parte.  (Aunque... no  es  seguro  que  quisiera  estar  en  otra  parte.  Ni  siquiera  es  seguro que deseara  verdaderamente  estar.)

     Vivo  encaramado  a  un  espléndido  árbol  otoñal, de  lustrosas  hojas  rojo  y oro,  donde  sólo el  viento  del  crepúsculo anida.  Existo  absorto, mirando en derredor con  una  curiosidad  apasionada,  aunque tan   breve  que  linda  peligrosamente  con  el  descuido. Contemplo  fijamente  un  pájaro  que  explora  la  fronda  con  ojos  saltones, o  el  vertiginoso  escabullirse  de  un  insecto -un  movimiento  de  tal   intensidad  que  parece  un  fin  en    mismo-, o  el   rítmico  mecerse  de las ramas  bajo  el  soplo  fresco del  aire. Vigilo,  aguardo, busco. ¿Qué?  No  lo  sé.  Algo.

      Absorto,  observo, soy.  La  estructura  viviente de  una  hoja  -abanico de  nervaduras  por  las  que  borbotea  su  sangre  verde,  nítido  contorno de  bordes  y  pecíolos-  o  su  piel  firme,  tersa,  pueden  dar origen  a  una  atención  reflexiva,  terca,  intensa.  Hasta  que  otro estímulo eclosiona  y  se  impone, descartando  todos  los demás. Siendo  tantos,  y   tan  variados  e  interesantes  esos  estímulos,  la  contemplación  deviene   incesante,  aunque  su  objeto  se  desplace  permanentemente  y   cada  uno  de  tales  exámenes  resulte  incompleto  por  fugaz.  Pero  no  me  importa:  soy   hombre  paciente;  no  tengo  prisa  por  recopilar todos  los  datos  empíricos  para  arribar  a  conclusiones.
 
     Sin  embargo,  no se  confunda  esto con displicencia.  No, no, ciertamente  tomo  muy  en  serio  mi investigación,  buscando  en  todos   los  fenómenos  observados  un  significado preciso. Analizo  cada  uno como  una  manifestación  trascendental  que  es  preciso comprender  y  explicar (aunque  ignore  la  razón de  tal  necesidad.)
     No  se   me  oculta  que  esta  metodología  experimental  conlleva  inconvenientes, a  causa  de  la  celeridad  -que  algunos  colegas  consideran  excesiva-  con que  se  suceden  las  exploraciones. Admito  que  con  frecuencia  se  solapan  imágenes,  resultando de  ello  una  mezcla  completamente  aleatoria  de  relaciones  causales. Así,  puedo desarrollar  sorprendentes  deducciones  e  hipótesis  acerca  del   pájaro, originadas por  el   insecto. O  viceversa. (Como  lo  más  probable  es  que  nada   tenga  en  verdad   un  sentido, esta  mínima  confusión carece de  importancia.  Además, considero  que  así  se  enriquecen  los  resultados, dotándolos  de  un  toque de  singularidad,  extravagancia  o  exotismo,  que   puede  despertar  el   interés  de  la  gran  masa  ignara,  siempre  pendiente de  lo  novedoso  y   fascinada  por  lo  aparente.)
     Debo  aclarar   que,  en  caso de  no  haber  ave  o  insecto  alguno  (o  cualquier  otra  especie  de  animal,  vertebrado o  invertebrado,  incluyendo  los  mitológicos)  yo  me  lo  invento. Y  ya  se  sabe  lo  arduo, complejo, que puede ser buscar significados en cosas  inventadas. Aunque muchas veces son las  más interesantes. (Y  quizás  sean,  también,  las  únicas  que  pueden  significar algo.)
 
     Mi  interés  científico  nunca  se  centra  en  el  tronco.  Estoy  trepado  a  él, de  modo que carezco de  la  necesaria  perspectiva. No  estoy  dispuesto  a  apearme  para  estudiarlo  correctamente;  temo -¡torpe  y  viejo de  mí!-  no  ser capaz  de subir  de  nuevo. Además  ¿qué  sucedería  si,  al  pisar  el  suelo, constatase  que  también  el  árbol  es  inventado?  Uno  no  puede  trepar  a  un  tronco  inexistente. ¿O  sí?  (Querer es  poder, dicen  algunas  gentes.)
    Alguna  que otra  vez  me  he  planteado  que  mi  esfuerzo  analítico es  inconducente, ya  que  nunca llego a comprender nada en profundidad. Pero no me desanimo. No soy  hombre fácil de desanimar. El reconocimiento de  la  propia  ignorancia  es  inherente  a  la  voluntad  de  aprender. (Que  aprender  no sea factible  no   invalida  esta   proposición.  Los  intentos  fútiles   son   precisamente   los  que  exigen  mayor esfuerzo. Y,  finalmente:  que  una  cosa  sea  imposible  es, tal  vez, la  razón  más válida  para  intentarla.)
     Por  todo  lo dicho, sigo en  lo  mío.  Por  ahora. ¿Dónde, si  no?